jueves, 27 de febrero de 2014

BIGOTES, ATLETAS Y FASCISMO

Ayer conocimos a tres atletas desconocidos. Tres lanzadores. Rara vez se había hablado de ellos públicamente. Casi nunca se habla de lanzamiento de peso o disco en las secciones de deportes de los medios y solo quienes lo practican o lo hicieron hace tiempo, conocen bien estas disciplinas. El motivo de su salto a la fama es tan lamentable como censurable. Es a ellos a los que habríamos de tirar bien lejos. 

fotografía: twitter


Esos desconocidos, Daniel Martínez, Carlos Tobalina y José Lorenzo Hernández, a los que el mero hecho de llevar bigote les evoca a Adolf Hitler y sienten una irresistible tentación por levantar el brazo en saludo romano, a esos, habría que lanzarlos. Y esos otros, deportistas todos, que con sonrisas en la cara, la broma parece hacerles gracia, o no le prestan la atención que merece. A todos ellos, habría que arrojarlos bien lejos. A quien, sin que le tiemble el pulso toca la pantalla de su teléfono móvil con una sonrisa en la boca, captura el momento y comparte el contenido de su galería con los presentes, le debería suceder lo mismo. A quienes, lejos de comprobar la dureza de la imagen, la reenvían con jocosidad, bien lejos con ellos. A quién con una mueca de desaprobación ve la foto en una red social, pero no le presta mayor importancia; al que con el poder de la sanción en su mano, considera que dos semanas sin acceso a un centro de alto rendimiento o no acudir a un campeonato estatal de atletismo son suficiente castigo; a quienes, como su entrenador, piensan que es una chiquillada, “una estupidez sin ningún tipo de connotación política”. 
¿De verdad alguien piensa que no tiene ningún tipo de connotación política? Dan ganas de lanzarlos lejos, muy lejos. También a quien, Ramón Cid, director técnico de la Federación de Atletismo, en un alarde de máxima incompetencia, compara el nacionalsocialismo con uno de los espectáculos más deprimentemente surrealistas que se ha representado jamás delante de público alguno, el Bombero Torero, a ese, quizá habría que lanzarlo todavía más lejos. A riesgo de que parezca ensañamiento, de nuevo a Daniel Martínez, aguerrido atleta, que lejos de asumir con humildad la culpa del que es responsable de un acto que se sabe erróneo, harto de que le llamaran nazi en las redes sociales, en una alarde de arrogancia, las utiliza para colgar una foto abrazado a un atleta de color, convidando a los que así le calificaron “a chuparla”. Daniel, de haber pensado antes la broma del saludo nazi, yo no pensaría en lanzarte muy lejos. A todos los medios de comunicación a los que el saludo romano solo les evoca el nacionalsocialismo alemán obviando los más de treinta años de sometimiento al nacional catolicismo español, como si el fascismo, no hubiera existido jamás en este país. Con ellos, también bien lejos. 
Vivimos en un país, en el que el yugo y las flechas aún coronan los portales de muchas agrupaciones de viviendas. Ése que todavía dedica calles a aquellos golpistas que cambiaron el curso democrático por el terror fascista. Ése en el que dentro de los cuarteles siguen colgando retratos de los generales fascistas. Ese país de racismo estructural y de desmemoria forzada, en el que algunos consideran que los años de dictadura son parte de nuestra historia, como si por el hecho de serlo no fuera igualmente repugnante. El mismo país en el que las juventudes del partido que gobierna coquetean con las banderas del régimen franquista, en ocasiones brazo en alto y rodeados de otros jóvenes que declaran su ultraderechismo sin mesura, y a los que se sanciona con leves reprimendas, pobres chicos traviesos, deben pensar sus mentores, como van a pasar por el juzgado por ello. Un país en el que la apología del fascismo no solo es gratuita, sino que es causa de sonrisa y chanza para muchos.
Un país con botellas de vino con el rostro de Franco o Primo de Rivera. El país del “con Franco no pasaba esto”. Hay quienes consideran todos estos actos chiquilladas, tonterías o incultura. A todos esos habría que lanzarlos lejos, bien lejos. No volver a verlos. A quien es capaz de ver travesuras en el fascismo, a quien compara el saludo romano con el Bombero Torero, no quiero tenerlo cerca, no quiero verlo, solo quiero lanzarlo lejos, hacer que desaparezca. A quien es incapaz de reprobar actitudes fascistas cotidianas a su alrededor, a quién calla ante el ensalzamiento, a ése también lo quiero lejos. El fascismo no es diablura ni chiquillada, aunque así quieran que lo veamos.
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